Por
Roland Denis
Las premisas
Le pregunto
a un viejo obrero por allá en la ciudad
de México: “¿y por qué ustedes no
apoyan a López Obrador y más bien se han mezclado
con la “Otra Campaña” promovida por los
zapatistas”. El viejo responde: “porque yo estoy
con la gente que pelea por lo suyo y no la que está esperando
promesas de nadie”. No es por nada pero pareciera que
en esta frase sencilla del viejo se sintetiza toda una filosofía
política que choca abiertamente con nuestras tradiciones
políticas desde que llegaron “los cristianos” a
nuestro continente y desde que los burgueses le prometieron
al mundo libre bajo su dirección. Estamos sin duda atravesando
un momento que lleva el signo del protagonismo directo de los
que nada esperan de los cielos y se aprestan a recorrer su
propio camino. Un proceso difícil lleno de dudas e incógnitas
pero que ha puesto a los movimientos populares en la necesidad
de reinventarse por completo después de más de
un siglo de esperanzas frustradas en democracias sociales,
estados socialistas y partidos del proletariado.
“Juntarse con los que pelean por lo suyo” es también
construir un criterio de la universalidad de la política
muy distinto a lo que conocimos los que crecimos en medio de
programas preelaborados y organizaciones que antes de dirigir
ya se creían dirigentes, siendo antes de serlo “representativas” del
sujeto social llamado a salvar el mundo. Esa nueva junta de
los que nada tienen, de los proletarios del siglo XXI, necesita
construir una agenda común que se hace a partir de otro
tipo de ciencia –o certeza para ser más claros-
muy distinta a ese fabuloso corolario de leyes históricas
inexorables que vaya a saber con qué derecho le pusieron
el nombre de “materialismo histórico” y
además “dialéctico”. Es una ciencia
que no se somete a la coherencia en sí de una determinada
lógica de explicación total del mundo. Tiene
como base el saber, primero, en qué medida la lucha
de un uno cualquiera es la lucha de todos, y segundo, en qué medida
esa misma lucha, o la junta de esas luchas, es capaz de romper
con la norma del dominio de unos hombres sobre otros, es decir,
es capaz de interrumpir la historia y empezar a construir otra
bajo el signo de la emancipación de tod@s; la soñada
emancipación del trabajo. Estamos entonces frente a
un nuevo razonamiento donde a la hora de pensar y hacer política
se aprende sustancialmente de la verdad colectiva que emerge
de la experiencia concreta y del acontecimiento emancipador
que ella estuvo en la facultad de producir. El poder por tanto
no está en la eficacia que pueda tener un determinado
plan de acciones en función “de la toma del poder” y
de allí emprender la transición al paraíso
socialista o como se llame, el poder está en la fuerza
que nos damos a nosotros mismos en el desarrollo de una política,
en una historia, en una situación. Ejerciéndola,
inventándola, recreándola, sabremos entonces
en qué medida esa política quiebra o no los órdenes
de dominio que por desgracia constatada una y otra vez tenderán
a reestablecerse en una línea que pareciera no tener
fin. Al hacerla producimos una subjetividad colectiva y activa
que empieza a conocer y hacer valer su propia verdad, los principios
de su propia política. Y es en este complejo proceso
donde una política se decide y va tomando cuerpo; se
decide desde el hecho mismo y desde los que “se juntan
en él –y lo piensan- al luchar por lo suyo”.
Es aquí, en palabras del viejo, que se abre una nueva
etapa radicalmente distinta de la historia revolucionaria.
Por supuesto,
esto no tiene nada de sencillo, por el contrario, convierte
todo proceso militante en un laberinto de caminos
no condicionados más que por la situación específica
en que ellos han de recorrerse y la consistencia del sujeto
que la fabrica. Camino en donde nos preguntamos: ¿cuál
es la verdad que estamos reivindicando?, ¿en base a
una situación concreta cuál camino se toma?, ¿qué certeza
hay en él?; ninguna que esté preescrita. Esa
ciencia se construye en el andar y la lucha misma, y la decide
aquél que pone el pecho y afina la cabeza en esa lucha,
no hay nadie que pueda re-presentarlo, ni hable por él,
como bien nos recuerda el viejo obrero mexicano.
La situación
Situándonos en estas premisas, ¿qué podemos
decir acerca de lo que viene pasando ahorita cuando este proceso
hecho en tierra venezolana se ha complicado en grados mayúsculos
hasta el punto de peligrar la hegemonía electoral del
chavismo y con ello la atadura en el poder de estado de sus
dirigentes?. Sin duda que aquí estamos encerrados en
medio de una disyuntiva que no tiene ninguna síntesis
a la vista y de allí, a nuestro parecer, su crisis. ¿Cuál
disyuntiva?. La disyuntiva entre un gobierno y un líder
(hijos de “los que luchan por lo suyo” y que supieron
romper, poniendo su pecho, su verdad, y su pensar, la hegemonía
del llamado “puntofijismo”) que al menos desde
el 2004 después del referéndum presidencial y
con mucho más énfasis desde el año pasado,
busca a como de lugar el control burocrático de todo
cuanto podamos llamar proceso revolucionario. Y un movimiento
de masas –hijo también de esta acumulación
de luchas y acontecimientos políticos- organizado en
múltiples espacios construidos desde arriba y desde
abajo (por instrucciones del estado o por autogobierno de los
propios procesos) que busca liberarse de este control sin saber
cómo y sin tener muchas veces el temple, la moral y
la claridad militante para hacerlo. En otras palabras un movimiento
con una verdad libertaria rebotando permanentemente en él
pero la más de las veces ausente de sujeto y de política.
Busquemos
razones que no explican del todo pero al menos aclaran algo.
Estamos en un país petrolero donde “el billete” (dinero
puro y simple corriendo en las autopistas de la compra y venta) –y
a más de cien dólares el barril ni se diga- no
sólo compra conciencia y apacigua rebeliones burguesas
y populares, también produce toda clase de fantasías
sociales y políticas. Ella por el lado del gobierno,
a pesar del manto “radicalmente democrático” que
preside al alma política de su formación, de
una manera casi mecánica tiende a suponer que él
es el todo de una realidad, “el pintor que dibuja nuestro
destino”. El es la dirección y el pueblo, una
totalidad que se cree capaz de absorber por completo la dinámica
de un proceso transformador “a punta de billete”.
Algo se piensa, una “máxima socialista más”,
por ejemplo la “Misión 13 de Abril” recientemente
promulgada, y antes de ser realidad ya “existe”,
ya se hizo, porque hay “billete” dispuesto para
eso; desaparece la voluntad trabajadora, colectiva, organizada
y militante para hacer posible lo que se desea transformar
y se impone el “quantum” dinerario como sujeto
fantasioso de transformación. Por supuesto, esta fantasía
viene reforzada por la presencia de un liderazgo único
y personal –Hugo Chávez- que por su personalidad
militar y su inmensa concentración de poder sobre el
proceso conjunto refuerza sobre sí mismo esta tendencia
de una manera cada vez más insistente…la “brizna
en medio de un huracán”, como él mismo
se situaba en un inicio, se ha transformado poco a poco en
un “huracán personal sobre el cual debemos girar
millones de débiles y pasivos ventarrones”. Conclusión
material de esta fantasía: como era de esperarse, vivimos
una revolución que, siguiendo la norma del “socialismo
del siglo XX”, no deja de reforzar el aparato burocrático –suménle
ahora el partidario para regresar aún más al “XX”-,
con la particularidad gracias también “al billete”,
de ser un aparato terriblemente ineficiente y corrupto (productor
mágico de su propia burguesía). El fetiche de
la abstracción dineraria girando y volviendo a concentrarse
en pocas manos, en la realidad hace que se vuelvan trizas las
fantasías anheladas por los más sinceros, perdiéndose
millonadas de millonadas en proyectos que muchas veces no logran
ni un primer respiro. Se forma –a exacto retrato de los
recordados socialismos pasados- una dirigencia arrogante, rica
y ultraprivilegiada, que ya empieza a hacerse represiva y amenazante
a la vida: allí están los años 70 y 80
de la URSS.
Pero la
fantasía no es sólo de los de arriba,
también se reproduce por abajo en una suerte de fantasía
refleja. “El billete que corre si lo atajo me haré rico,
el problema es cómo pegarme cerca; póngase donde
hay”. Esta fantasía impregna a toda la sociedad,
y en el caso particular de los movimientos populares, esto
se manifiesta en el mejor de los casos, en pensar cualquier
proyecto, unos muy interesantes, y allí está el
estado para financiar los sueños. Grandes o pequeños,
la inmensa mayoría de quienes han “negociado” estos
recursos, o se quedan esperando en la tierra del “nunca
jamás” o implosionan como verdaderos actores políticos
ligados al deseo subversivo, constreñidos por el chantaje
del patrón que paga. O peor aún y más
corrientemente, se asume que “en el estado hay billete,
póngase amigo la franelita roja, diga y haga lo que
esté a gusto del burócrata inmediato, del jefe,
del dirigente, de la autoridad, que la felicidad del “tener” estará cada
vez mas cerca, o al menos del “no tener que pelar bola”.
Esta no es una situación restringida a unos pocos “oficialistas” u “oportunistas” que
merodean dentro o alrededor del estado, es una situación
que se ha generalizado provocando un efecto obvio: el desarme
político de una inmensa franja del movimiento popular
sometido a vigilia y administración de la institución
y la neutralización de la acción y la palabra
de una colectividad aún mayor que siente la presión
de los intereses consagrados, guardando un silencio incomprendido
y a regañadientes. Y a la final, un peligro de verdad,
la merma de participación directa y política
de centenares, quizás millones, de compatriotas: vean
la corta historia del PSUV.
Volvamos
a decir: esto del “billete” no lo explica
todo, habrán razones más profundas propias a
la naturaleza del estado burgués y la sociedad capitalista
que lo explicarán mejor, sin embargo, hay un proceso
que está en crisis y éste es un ángulo,
a nuestro parecer, central para entender algo. Pero lo cierto
también es que la misma crisis no es otra cosa que la
crisis de esta aventura fantasiosa del estado y líder
que todo lo ve, piensa y dirige, y de un movimiento popular
incapaz de romper las ataduras poniéndose como el ojo
chiquito de un proceso, a estas alturas del mundo, absolutamente
inviable a los fines revolucionarios. La derrota del 2D la
puso de manifiesto, provocando dos cosas fundamentales. Primero,
la evidencia de que ya es muy tarde para que el estado “rectifique,
redireccione, reimpulse” (3R) sin que esto pase por un
revolcón superior que no está en ninguna capacidad
de generar desde sí mismo. Devolver o prestarse a construir
a partir de la autoridad el común que reúne el
trabajo vivo, es decir, el pensar y hacer de un proceso transformador,
ya no es posible, no sólo por las circunstancias propias
al estado rentista y capitalista, sino por intereses consagrados
que lo evitarán a cómo de lugar. Por otro lado,
también se evidencia que no hay superpartido o supernada
que pretenda ser representativo del furor revolucionario en
vida sin que a la final no termine siendo una reproducción
de la misma paja que tantos pueblos conocieron en un siglo
de luchas maravillosas. Y por otro, que –bendito sea
el pueblo- hay todavía fuerzas y desgarraduras capaces
de decir “YA ESTA BUENO”. Con la fuerza de crear
un clima de lucha, de reivindicación generalizada a
nivel popular, donde ni la acusación paranoica y por
lo alto de terroristas y de la CIA, ni la represión
bestial de la Guardia Nacional, es capaz de doblegar. Digamos
rápidamente: marcha del 27 de Febrero, toma del 23 de
Enero, tomas territoriales, triunfo de los trabajadores de
Sidor (la más importante sin duda), y centenares de
pequeñas brechas de debate y participación autónoma
en todo el país, al fin abren la historia y crean las
condiciones políticas para construir “Otra Política” .
La construcción
Todo pasa,
desde aquí sí, por una revisión
completa de lo que ha sido la meteórica formación
de un proceso transformador dentro del campo popular. Toca,
más allá de las tácticas y tendencias,
situar el punto concreto desde el cual podemos armar las bases
de una nueva política que se deslastre definitivamente
de amarres desarmantes y entienda que, tanto los problemas
geopolíticos y los efectos de la “anomalía” del
gobierno de Chávez frente al orden mundial, como los
propósitos de transformación real, tienen que
ser vistos desde “otra mirada” absolutamente distinta
y hasta contraria al cuerpo institucional de estado. Hoy en
día no estamos para seguir un tratado de leyes históricas
que tanto gustan a gobiernos y burguesías, ni de tácticas
complejas que nos den una u otra cuota de poder. Aprendemos
de las luchas, nos ubicamos en la situación, tratamos
de producir política, es decir sujeto emancipador, y
son ellas quienes nos hablan de algo que hoy no se puede lograr:
llegar a un importante consenso de que es el cuerpo social
militante y autónomo quien dicta la pauta y dirige el
proceso. Para no caer en un anarquismo puro y duro –por
ahora quién sabe- no es que no aspiremos en el fondo
a que pueda existir una relación entre gobierno (que
haya gobierno sí) y pueblo de este orden, pero o es
demasiado temprano o ya es inútil insistir (“no
queremos ser gobernados, queremos gobernar”, dice la
consigna histórica). Tenemos por tanto que construir
una esfera de trabajo que piense, diga y haga por fuera de
la lógica política de estado, en la lógica “de
los comunes” como dicen muchos amigos. Y enfrentarse
desde esta posición al enemigo real y mayor: el capital,
el imperio, con las armas de una política que nosotros
mismos construyamos, sin necesidad de convertir por ultrismo
izquierdista al “gobierno anómalo” en un
enemigo; al menos con su “anomalía” nos
solidarizamos y lo hacemos también por querencia a la
extraordinaria historia que nos ha tocado vivir como pueblo
en estos años. Ahora, si él es quien se define
enemigo nuestro, y actúa en consecuencia como así parece,
pues no quedará otra salida que defenderse, ya veremos.
No estamos
todavía en capacidad de presentar toda una
visión política en este camino. Al “ser” de
esta política todavía le falta crecer, hacerse,
ponerse en juego. Lo que sí es evidente es que esta
otra política, por estos rincones del mundo, se fabrica
en primer lugar no “localistamente” sino territorialmente.
En un mundo como el nuestro donde la burguesía ha sido
tan parásita y dependiente y el estado tan miserable
y burócrata, a los efectos dejaron un problema para
ellos mismos terrible: no están en capacidad de controlar
eficaz y totalmente el espacio social y geográfico.
Por ello se cuelan con tanta facilidad cualquier cantidad de
formas de acumulación paralela o “ilegal” (narcotráfico,
tráfico de blancas, etc) y de poderes sin control (jefes
regionales, tribus políticas, paramilitarismo, etc),
el “estado de derecho” es una farsa completa. A
la final actúan en conjunto ante el enemigo “alzado”,
fenómeno que ya se extiende por toda nuestramérica.
Pero el mismo tiempo es una situación por donde se abren
brechas comunitarias, culturales, comunicativas, autogobernantes,
defensivas, y en nuestro caso productivas, que permanentemente
tienden a subvertir todo orden. No es por casualidad que la “rebelión
nuestramericana” desde el siglo XIX para acá,
la mayor de las veces ha pasado por formas muy variadas de
lucha territorial, desde los caudillos revolucionarios agrarios,
la lucha guerrillera, hasta las resistencias obreras, populares,
indígenas y culturales. Hasta en la sociedad hoy urbanizada
y semiurbanizada se repite este fenómeno.
El desarrollo
de soberanías colectivas fruto del control
y la liberación territorial posible, pareciera entonces
que se convierte en una premisa fundamental de cualquier “otra
política”. No el presupuesto de estado, el territorio
como unidad primaria de apropiación del espacio y el
tiempo bajo control de la explotación capitalista, deriva él
mismo en una estrategia que puede dotarnos de una lógica
de acumulación de fuerzas muy por encima de cualquier
enredadera tacticista al interno del espacio abstracto y burocrático
del estado y sus partidos. Si hay todavía una cantidad
masiva de participación militante (el fruto más
precioso de este proceso), la unidad de la acumulación
de fuerzas ya no se da sobre el centro de los grupos militantes
como tal, los llamados colectivos del movimiento popular, campesino,
obrero, ni en sus espacios unitarios contingentes o en sus
síntesis movimientales en cada una de sus expresiones
corporativas. Ellos cobran sentido en la medida en que construyen
entre sí un “nosotros político” que
ejerce el control territorial y promoviendo a su interno fenómenos
de liberación concretos que nadie está en la
capacidad de preestablecer ni dirigir desde afuera. El corredor
territorial delimitado por la propias luchas y no por la geografía,
los tejidos militantes insertos en él, los sujetos comunicantes
y transversales a estos territorios, las cartas de lucha que
desde adentro se produzcan, nos conducen a la fabricación
al menos de una metodología y una guiatura libertaria
que permita homologar el campo de la estrategia entre muchos
y muy distintos. Hasta los territorios virtuales (los famosos “espectros
radio-eléctricos”, por ejemplo) o los corredores
del trabajo nómada por necesidad del hoy tendremos que
contar entre ellos.
¿Cuántos corredores territoriales estamos en
la capacidad de contar y articular dentro del espacio regional,
nacional y supranacional?. Allí puede haber una pregunta
concreta que nos dice de la fuerza de nuestra propia política
que no pretende arropar ninguna “totalidad” del
movimiento popular, mucho menos ser representativa de clases
y pueblos. Pretende forjar avances concretos, contables y precisos
de lo que pueda ser la formación de una vanguardia colectiva
cuyo poder derive de sí misma. Es tan concreto como
antes tuvimos que contar los frentes guerrilleros construidos
y con capacidad de resistir y darle la pelea al enemigo, sólo
que la guerra de hoy ya sabemos que es muy distinta y mucho
más “total”.
La sistematización de este planteamiento no es una
especulación política o un juego teoricista,
deriva de un aprendizaje real y discutido por mucho tiempo
entre una cantidad de espacios de muy variada militancia que
han sentido esta necesidad sin tener “una política” para
ello. Se contribuye entonces a su construcción sistemática,
aunque todavía falta mucho que descubrir, pensar, decir.
Sin embargo, la misma crisis de este proceso ha puesto en movimiento
esta experiencia en la metrópolis como el campo con
lindos resultados. De todas maneras no hablemos mucho para
no echarle paja a nadie, que de todas formas será desde
los hechos y desde la palabra propia de quienes los promueven
que empiece a saberse de todo esto; hechos que además
ya están empezando a hacerse evidentes. Trabajo hay
hasta el cansancio supremo, vamos a ver si el tiempo y la voluntad,
la creatividad, de quienes “luchan por lo suyo” nos
da la chance.