Comentario
Editorial/Opinión
Luis
Ugalde
S.J. : ¿Paraíso
comunista?
En reciente carta a El Nacional, Jaime Barcón
(a quien no tengo el gusto de
conocer) comenta con inteligencia mi reciente artículo
"El
futuro del
socialismo cubano". Le llama la atención
(no sin razón) mi afirmación de que
el "hombre nuevo" libre de egoísmo "sólo
existe en los mitos comunistas",
porque "ese hombre nuevo --dice Barcón--, que supera
su egoísmo instintivo,
dando paso a una conciencia que lo solidariza con su prójimo,
es la esencia
del cristianismo". Quiero reflexionar sobre esa objeción.
Efectivamente, el cristianismo llama a revestirse
con Jesús del hombre nuevo
y hacer del amor de Dios y del prójimo el eje y el sentido
de la vida. Es la
tarea permanente en la vida de todo cristiano, ayer, hoy y mañana.
Pero no
creemos en una etapa histórica en que los hombres nacerán
sin egoísmo.
Lo que dice Marx es totalmente distinto. Según
él, las fuerzas productivas y
la revolución proletaria traen un estadio de la humanidad
donde los hombres
dejarán de ser egoístas como fruto y efecto de un
nuevo orden económico que
se producirá al eliminar la apropiación privada
de los medios de producción,
fuente del egoísmo. En ese paraíso comunista, ya
no habrá clases sociales,
ni miseria y, en consecuencia, se "extinguirán"
el Estado y la Religión, por
innecesarios.
Marx, como racionalista ilustrado, creía
en un nuevo orden nacido de la
aplicación de una ley clave de la economía descubierta
por él, que no la
conocieron los pensadores idealistas: la raíz de la alienación
está en la
economía y el mal en la apropiación privada de los
medios de producción. Una
vez eliminada ésta, los nuevos hombres nacen sin egoísmo
y la conciencia
humana no tiene que luchar contra el mal, pues el amor natural
(no la ética)
sustituye al odio y la abundancia, sin mío ni tuyo, a las
privaciones del
pasado.
El cristianismo en cambio no es un programa sociopolítico,
ni propone ningún
paraíso en la tierra. Su esencia es el Dios-Amor que nos
comunica su vida en
Jesucristo, que afirma la dignidad de toda persona como lo único
absoluto en
la tierra y derriba las pretensiones absolutistas de los reinos
de este
mundo. Ese amor nos hace constructores responsables de sociedades
y
estructuras más humanas. Las semillas del "Reino de
amor, de justicia y de
paz" están presentes en la historia y dirigen la vida
cristiana, pero la
plenitud está en el amor de Dios más allá
de los límites de la decena de
años que vive cada uno de nosotros.
Barcón menciona la utopía. Cuando
la Revolución Francesa quiso tomar por
asalto el cielo de la utopía, la formuló como el
Reino de la libertad,
igualdad y fraternidad. La utopía siempre es un horizonte
ideal de plenitud
libre de mal, y su luz deja en evidencia lo negativo de la realidad
existente; pero, por mucho que avancemos, siempre permanece como
horizonte.
Cuando una realidad histórica pretende eliminar la utopía
(El fin de la
Utopía de Fukuyama identificado con la "saciedad"capitalista)
la sociedad se
pudre; y si un régimen pretende ser la encarnación
de la utopía, se
convierte en una monstruosa tiranía totalitaria, no importa
que sea
teocrática o atea. La utopía es una luz en el horizonte
e induce a la
ilusión de que allá adelante el cielo y la tierra
se unen. A medida que se
avanza para llegar a ese punto de encuentro, el horizonte se aleja,
pues la
construcción humana en la tierra nunca será cielo
completo. La plenitud de
la libertad, fraternidad e igualdad son horizontes ideales, excelentes
como
inspiración y guía de los avances humanizadores,
pero se convierte en tirano
quien desde el poder pretenda ser su encarnación plena.
La ilusión de un paraíso definitivo
en la tierra, es uno de los tantos
ídolos que construimos los humanos en búsqueda de
la plenitud sin Dios-Amor.
Lamentablemente, todo régimen que se constituye en esa
plenitud utópica (sea
Revolución Francesa, nazi, estalinista, castrista, o teocrática)
termina en
un monstruo totalitario donde pensar distinto es ser delincuente,
que va al
manicomio, a la cadena perpetua, o al paredón.
El compromiso con la libertad, fraternidad e igualdad
es central en la
conciencia humana y clave para crear las "condiciones de
posibilidad" de
etapas más humanas (como superación de la esclavitud,
del hambre, del
analfabetismo, de la represión de la mujer, de la discriminación
racial...)
Una vez logradas, aparecen otros problemas y horizontes y las
nuevas
generaciones tienen utopías que parten del cuestionamiento
de las
insuficiencias de lo ya alcanzado.
Los logros científicos, tecnológicos
y sociales en la historia son medios
para progresar en el bien, pero también incrementan la
posibilidad del mal;
así las sociedades más avanzadas del siglo XX llevaron
a la humanidad a las
dos guerras más destructivas con casi un centenar de millones
de muertos y
produjeron sistemas tan monstruosos y "definitivos"
como el nazi y el
estalinista. Está claro que el comienzo del siglo XXI no
es ninguna entrada
al paraíso: La conciencia humana y la ética decidirán
si las inmensas
posibilidades se usan más para la vida que para la destrucción.
Para el cristianismo ninguna realidad terrena
es Dios, más bien Él vive en
el corazón humano y alienta nuestro sentido de fraternidad
y humanización.
La plenitud de cada humano no está en ningún orden
económico ni paraíso
terrenal, sino en el Amor que es más fuerte que la muerte.
Luis
Ugalde S.J. es
el Rector de la Universidad Catolica Andres Bello (UCAB)
. Los puntos de vista expresados no necesariamente son los de
Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por El
Nacional, el 15 de septiembre del 2006. Petroleumworld no se hace
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