En un periódico
local, el Ministro de Minetría && (de cuyo nombre
no quiero acordarme), no ha mucho tiempo que declaró
que la producción social no era como dijo mi comandante,
sino que mas bien se trataba de reinvertir las utilidades (en
lugar de distribuírlas) en expansión de capacidad
para mejorar el empleo. Trabajo mata capital más nada!
La reinversión
de las utilidades, como se conoce, es una práctica común
en todas las empresas, privadas y públicas, para empezar.
Como mecanismo
único para la generación de empleos es discutible,
porque no siempre se justifica una expansión.
De hecho,
mas bien las empresas públicas se han atiborrado de empleados
(al extremo de defunción real) desde tiempos inmemoriales.
Ahí está PDVSA, botaron a 20.000 ya llegaron a
una nómina de nuevos venezolanos más de 40.000,
según cuentan.
Este socialismo
parece así de tipo bíblico –o evangélico
si prefieren—en cuanto contrasta al egoísmo personal
contra la acción comunitaria, tal como se predica en
la propaganda oficial.
Pero resulta
que el gran motor de la humanidad ha sido el interés
personal por superarse, y en ese camino entra la dominación
de los demás. Lo que hemos llamado “el arquetipo
de la hormiga roja”.
Está
en la naturaleza de las cosas, desde los cangrejos que aparecen
en el Discovery Channel, luchar por apropiarse de la riqueza
ajena, en pro del propio mayor bienestar y felicidad, la llama
“concupiscentia dominandi” de los clásicos.
Sin embargo,
para ejercer tal dominación y control decentemente es
necesario aplicar algún tipo de “relaciones públicas”
– no está permitido asaltar el poder impunemente.
Se acude así al expediente de justificarlo (normalmente)
bajo el piadoso argumento de la “liberación de
los pobres” o algún otro argumento libertario parecido
(indígenas, minorías desposeídas).
Lo curioso
es que los revolucionarios extrañamente –en lo
ordinario-- no proceden de las capas pobres (o indígenas),
sino de los ambientes blancos y educados. De modo que uno se
siente inclinado a pensar que en el fondo no estamos en presencia
de una lucha entre clases sociales sino de una lucha entre élites,
siempre por apoderarse del control de la riqueza disponible,
muchas veces para beneficios personales. Pero siempre todo a
cuenta de salvar a los pobres, mientras se pueda.
Y lo demás
es pura paja, como expresó aquél díscolo
embajador…
Alberto
Méndez Arocha,
Individuo de Número de la Academia de la Ingeniería
y Habitat - ANIH, Sillón I. Los puntos de vista expresados
no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
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